DIRECTORIO DE PLANTAS DEL HOTEL SUNDANCE

RECEPCIÓN

DIRECTORIO DE PLANTAS DEL HOTEL SUNDANCE

PLANTA 0: Restaurante, bar, cabaret, juegos de mesa.

PLANTA 1: Guerra Civil Española. Artículos publicados en distintas revistas temática

PLANTA 2: Relatos.

PLANTA 3: Ficción y elucubraciones.

PLANTA 4: Compromiso social y experiencias de un padre ante el sistema
educativo.

1 de julio de 2011

PLANTA 2 - HABITACION 03

1.834  METROS


 
Ascendió por la loma empinada y llena de piedras sueltas. Una buena subida, una buena cuesta, pero merecía la pena llegar allí, a lo más alto. El sol de la mañana empezaba a picar en la espalda y en la cabeza. Ya sólo quedaban cincuenta metros. El sol fuerte le pillaría de bajada y no se haría notar tanto como ascendiendo.

            Por fin llegó. Viento fuerte, algo frío para el mes de agosto. Observó los alrededores, el vórtice geológico, la inscripción 1.834 metros Instituto Geográfico año mil novecientos y pico”. Pensó en los obreros que lo habían hecho, ponerse allí a hacer  argamasa, un trabajo de “albañilería de altura”. Abrió su cantimplora y echó un trago de agua fresca mientras contemplaba el paisaje. Era muy difícil concentrarse  en algún punto, todo era desbordante. Las nubes tan cerca fue lo primero que le llamó la atención. Una vista como desde un avión. Era extraño tenerlas tan cerca, estar a su misma altura. Encendió un cigarro y contempló la vista. Los pueblos, los grandes y los pequeños, eran casi iguales desde allí. Los lagos y pantanos, pequeños charcos azules. Los bosques, alfombras verdes con algún claro, como moquetas desgastadas por el juego de algún niño. Los demás montes, cercanos, casi vecinos. La autopista, el esfuerzo del hombre por abrir paso a los coches, imperceptible, como a punto de desaparecer tragada por la vegetación. Y todo ese viento azotando. El viento, el cosechero, “el que elige el trigo, la uva y el verso; el que sella el buen pan, el buen vino y el poema eterno...”



            El viento traía un aire puro, tanto que apagó el cigarro y lo respiró a gusto. La luz transparente, cálida por momentos. Cogió los prismáticos e intentó enfocar, pero el viento frío hacía que las lentes se empañaran, eran inútiles, no hacían falta.

            Allí al fondo, donde el horizonte desaparecía, estaba ella; se la distinguía perfectamente. Un horizonte lleno de amarillos, rosas, ocres, magentas, cortado por una masa gris. Una nube gris velaba su imagen y todo se volvía turbio, pero se la veía. Las torres inclinadas esas, esa otra torre blanca y un sinfín de edificios alrededor, todos como juntos, apretados. Como si no hubiera mas sitio, todos recogidos, como defendiéndose de algo. Allí estaba la ciudad, a simple vista, sin prismáticos.

            Recordó el primer día que llegó al pueblo para pasar las vacaciones y se fijó en el aire, en los colores, en las personas, en los sonidos; eran todos transparentes, limpios, sin grises que los empañaran. Ese gris de allí al fondo, ese gris, es el que lo ensucia todo. “Cómo podemos vivir allí? Cómo podemos vivir todos apiñados? No nos damos cuenta de lo grande que es lo que tenemos alrededor.” Aquella ciudad allí en el horizonte. Allí estarían sus amigos, sus sonrisas, sus problemas. Allí estarían también sus acosadores, los que le hicieron tanto daño. Cómo se puede estar tan ciego? Cómo se puede uno dejar atrapar por esa ciudad? Cómo puede haber gente tan miserable? Son ellos los ciegos? Claro que sí bastaría con que mirasen a su alrededor. Bastaría con que salieran de su concha protectora y se fijasen en aquellos acantilados, es esos cerros rojos, en estos verdes oscuros, en estos azules acuáticos, en aquel amarillo rosáceo del horizonte. Y en el cielo y en el aire...

            Qué pequeños somos, pero qué mezquinos. Qué pequeña es la ciudad pero qué inmenso monstruo tragalotodo. Cómo pueden existir conductas tan perversas en tan poco espacio? Qué mentes está alimentando la ciudad? Qué pocos escrúpulos. Desde aquí arriba no somos nada y cuanto más subamos menos aún. Desde aquí no se entiende nada, no se comprenden las ganas de hacer daño, las competiciones, los problemas. A esto, ellos, lo llamarían “estar en las nubes”. Pero cuánto mejor es estar en las nubes que estar en el suelo con los pies, ya no llenos de barro, si no de inmundicia, de excrementos. Cuánto mejor es respirar este aire una sola hora al año que no un aire viciado todas las restantes.

            Se le imaginaba a él allí en la ciudad, sentado en su despacho. Un despacho oscuro, gris, con las persianas bajadas sin consentir el paso de la luz, como no dando tregua a la alegría. Sentado allí y colorado, pero no por el efecto del sol sino por lo que le quema por dentro. Colorado por la indignación, por la mediocridad, por la inoperancia. El pelo blanco como una fecha de caducidad en un yogur y no como un signo de madurez o fruto de preocupaciones. No, a él no le preocupa nada, todo le trae sin cuidado, no tiene escrúpulos, excepto para su dinero y para el robado a los demás. No sabe nada, no entiende nada, no entiende a nadie. Sólo entiende a su otra parte, la que acosa, la que denigra, la que escupe al no deseado, la que difunde rumores y calumnias. Allí en su despacho, contribuyendo a ensuciar la atmósfera de la ciudad. En su despacho como en un pedestal de mármol, pero rodeado, creando y respirando basura. En un pedestal...  “A Don Paco Sador, de sus modestos empleados con cariño y obediencia”.  Sencillamente repugnante.

            Pero bastaba con desviar la mirada y aquella imagen desaparecía y volvían los azules, los magentas, los amarillos, los verdes, la transparencia, esa águila sobrevolando, dejándose llevar por el viento sin esfuerzo, las risas de los niños en el pueblo. Desviar la mirada era volver al mundo. Desviar la mirada era estar en la realidad, tal vez momentánea, pero mucho más agradable. Y en ese momento se dio cuenta de lo transitorio de algunas cosas y recordó aquello del “Carpe Diem” de los antiguos. Disfruta, vive el día.

            Y su vida cambió. Los efectos del acoso perdieron fuerza hacia dentro (qué razón tenían algunos) y comenzaron a circular hacia fuera. Qué gran ayuda aquella altura misteriosa y aquellos ocres y aquellas nubes tan cercanas y aquel aire tan limpio que todo lo cambiaba. Desde ese momento supo que su botella de oxígeno estaba allí, en ese pequeño pueblecito de la sierra y en esos mil ochocientos treinta y cuatro metros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario